domingo, 25 de enero de 2015

Raíces de la violencia.
El orgullo y la envidia. Si no admito que los demás son mejores que yo, o que tienen la razón que yo no poseo, trataré de destruirlos. Su superioridad es un reproche a mi mediocridad, y el Caín que llevamos dentro hace que matemos al inocente Abel.
La ambición del poder. Quien quiere imponer su ley y sobresalir, someter a los demás y dominar, no dudará en recurrir a cualquier medio, con tal de lograrlo.
La deseducación en el hogar. Cuando el niño siempre ve y oye gritos e insultos; cuando se le aconseja que no se deje, cuando se le compran juguetes de armas y guerras; cuando comprueba que gana quien es más agresivo, etc., es el hogar donde se preparan las nuevas generaciones de violentos.
La contaminación social. Si las conversaciones y consejos que escuchamos están muy marcados por la violencia; si los medios de comunicación insisten morbosamente en las notas rojas; si los programas de cine y televisión, incluso las caricaturas, están saturados de crímenes, asaltos y suspenso, será muy difícil sustraerse a este medio ambiente de violencia.
La Imitación y el deseo de sobresalir. Si en otros países o regiones hay pandillas de adolescentes y jóvenes; si se les da tanta publicidad a los terroristas y guerrilleros; si las películas presentan tan detalladamente la forma de robar y matar, cómo no sentir el atractivo de hacer algo semejante, aunque sea para salir del anonimato y llamar la atención.
Las Ideologías de odio. Cuántos maestros hacen gala de filosofías nihilistas y defienden sistemas que sostienen la violencia como único camino para conseguir el poder y la transformación social. Si a los jóvenes se les imparten sólo estas ideas, por qué extrañarnos de que después sean violentos... Y tan violenta es la ideología marxista como la capitalista.
La saturación de bienes materiales. Cuando a un niño se le da todo (a veces, como compensación por no darle cariño y no dedicarle tiempo); cuando a un joven se le facilitan todos los recursos económicos para que haga lo que quiera, es muy fácil que se tornen exigentes y violentos; que no se conformen con nada y destruyan las cosas; al fin que a ellos no les han costado.
El deseo de tener sin trabajar. Pobres y ricos quieren tener más y adquirir lo que la publicidad aconseja. Muchos no se contentan con tener lo necesario, como fruto de un trabajo honesto y constante. Quieren presumir y disfrutar, pero sin trabajar. Para ello, asaltan, roban, secuestran y destruyen a quien se les opone.
La Injusticia social. Cuando se ven tantos contrastes entre quienes tienen mucho y quienes carecen de todo; cuando los lujos de los poderosos son un insulto y una ofensa a los marginados; cuando los miserables observan los derroches de los juniors; cuando no todos tenemos las mismas oportunidades, es una tentación hacer uso de la violencia, bien como un resentimiento social, bien como una compensación de frustraciones.
La rebeldía contra el "orden establecido". Si un padre de familia es autoritario e injusto, es explicable que el hijo quiera defenderse como pueda. Si los gobernantes y las clases dirigentes solo piensan en sus intereses y los defienden con el ejército y la fuerza, no es de extrañar que los oprimidos recurran a la violencia, porque a veces aparece como el único camino para luchar por el cambio y por la defensa de sus legítimos derechos.
La vagancia y la búsqueda de sensaciones nuevas. Cuando los niños y los jóvenes reciben todo y no son educados para colaborar en el trabajo de la familia, sólo están ideando qué hacer. Y como algunos ya han pasado por las experiencias del sexo, del alcohol e incluso de la droga, buscan algo nuevo y excitante, como es robar, destruir y hasta matar.
La ausencia de Dios. Cuando se prescinde de Dios; cuando se ignoran o se desprecian sus criterios y valores; cuando los padres son los primeros en no seguir los caminos del Evangelio; cuando las escuelas atacan todo lo que huela a religión, el ser humano se constituye en absoluto y destruye todo cuanto se oponga a sus instintos.
La violencia, pues, está dentro de nosotros mismos; está en la familia y en la escuela; está en el medio ambiente y en todo. Y es tan fuerte su influencia, que sólo con la fuerza de Jesús y de su Evangelio se puede contrarrestar.

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